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Muestra Actual

Claudia Casarino, Fredi Casco, Ricardo Migliorisi y Osvaldo Salerno
Asunción
Claudia Casarino, Fredi Casco, Ricardo Migliorisi y Osvaldo Salerno
19/06/2019 - 31/07/2019
Henrique Faría BA | Galeria de Arte

El Paraguay es una isla rodeada de tierra en el corazón del continente, definió Augusto Roa Bastos. El arte erudito de Asunción puede pensarse como otra isla, rodeada por el arte popular que, a veces, lo contamina y singulariza dentro de la globalización.

A fines de los años sesenta, Ricardo Migliorisi (Asunción, 1948) emprende búsquedas vitales a través del dibujo, sostenidas en la sensorialidad de la cultura psicodélica. Consciente de los aspectos periféricos del arte paraguayo asume un lenguaje propio para elaborar una imagen híbrida tanto en su contenido como en sus formas derivadas del surrealismo y el pop, la cultura hippie y el mundo del espectáculo. Su obra se consume en el propio acto creativo afirmado en la constancia de la pulsión erótica; una sexualidad jocosa que afirma la libertad individual y el goce de los cuerpos en la cerrazón de la dictadura. Frente a los cuerpos controlados presenta cuerpos híbridos, mezclados, mimetizados en bestias y objetos, donde lo femenino se entrelaza con lo queer. Es el salto del arte paraguayo a una contemporaneidad bizarra, en los múltiples sentidos de este término.

En la obra de Osvaldo Salerno (Asunción, 1952) el momento crucial no es cuando imprime su cuerpo, sino el proceso que conduce a considerar esa decisión como su principal estética. Sus primeros grabados afirman la intención de trabajar sobre lo real desde la idea de “impresión”, del valor del entintado. Las obras de los años setenta piensan la seriación y el desmontaje. Un leve desequilibrio puede alterar el orden de la secuencia, y generar incertidumbre sobre la estabilidad del mundo real y su representación. Si es plausible asociar sus impresiones de llaves, candados, mangas como una metáfora de la opresión, cuenta también la innovación del procedimiento técnico en obras como A Villard de Honnecourt, obrador medieval y Cartel, entre otras. La impresión de los objetos y la secuencia de desmontaje (como en La ventana) antecede a  las impresiones corporales, que culminan con Sudario en los años noventa. La Suite Vollard es su contraparte exacta: despliegue de la sexualidad como antítesis de la desaparición que los cuerpos torturados anunciaban. No hay, sin embargo, idea del goce: la erección y el descanso del pene semejan ritmos de producción más que de placer. Salerno, al fin de cuentas, asume el grabado como una cuestión teórica sobre la multiplicación.

Fredi Casco (Asunción, 1967) trabaja en los cruces entre el registro de la memoria y la política. En las series El retorno de los brujos –título del difundido libro Louis Pauwels y Jacques Bergier sobre civilizaciones perdidas, extraterrestres y esoterismo nazi- con fotografías halladas en los mercados de Asunción elabora un discurso sobre política, poder y cotidianidad mundana durante el régimen dictatorial de Stroessner. En el primer volumen el doble y la máscara de gas rediseñan la imagen original revelando el terror oculto de los actos protocolares. En el segundo volumen la idea de la duplicación se separa del recurso visual, se trata ahora de una operación entre imagen y texto. El relato familiar sobre el encuentro con Graham Greene en Asunción en 1969 es el punto de partida para construir una ficción que juega tanto con la memoria familiar, el archivo policial y social como con las novelas de la Guerra Fría. La fuente oral, cargada de subjetividad, es objetivada por el artista mediante la pesquisa de archivo. La novela Viajes con mi tía de Greene –que en parte transcurre en el Paraguay- fue llevaba al cine por George Cukor en 1972. De cierta forma, las fotografías de Casco recuerdan el clima cinematográfico tamizado por la tardes frente a la televisión familiar de los setentas. 

Apyte Ao de Claudia Casarino (Asunción, 1974) es una instalación de vestidos de lienzo de algodón crudo que se enrollan en sus bases. Lo textil en el Paraguay ha sido asociado a la mujer popular, generadora del sustento doméstico desde la colonia al presente. No se trata aquí solo de vestimentas desplegadas en el espacio. Casarino interpela desde los vestidos a la mujer como fuerza de trabajo. El largo de las telas al enrollarse en el piso postula una idea circular del tiempo, a la par que contrasta con la tensión liviana de las telas al estar colgadas. Esos imposibles cuerpos ausentes hacen más aguda la presencia de lo femenino como cuestionamiento al sistema patriarcal. En el tardocapitalismo el poder ejerce su hegemonía haciendo invisible al otro, condenándolo al silencio. Casarino genera una belleza extraña de cuerpos ausentes mediante las largas telas colocadas en círculo como si estuvieran ubicadas para un antiguo rito, para una ronda, como el abrazo común sobre el que se levantan las causas de igualdad.

 

Roberto Amigo

Historiador del Arte, investigador y docente del Instituto del Desarrollo Humano (UNGS) y de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA)