Notas Artistas

Javier Urani
por Lucas Fragasso*

Probablemente las obras que presenta Javier Urani se encuentren cómodas en alguna categoría ubicada entre la de objetos de arte y esculturas. Si los maniquíes responden con más precisión a la primera, las obras llamadas Caperucita roja, No cantes Gallo, San Roque, caerían dentro de la segunda. Pero quizás unas y otras parecieran poder intercambiar sin obstáculos esos nombres y transformarlos en algo pasajero.
La mayoría de las obras tienen como base el maniquí. Ellas no ignoran que se trata de un elemento esencial en la iconografía de arte de vanguardia de las tres primeras décadas del siglo XX. Desde las obras pertenecientes a Valori Plastici, (De Chirico, Carrá), pasando por el realismo de la Neue Sachlichkeit hasta la propuesta de Ducahamp a los expositores de la muestra sobre surrealismo por él convocados, el maniquí se constituye en objeto privilegiado de la vanguardia- Aquél anticuado objeto tan familiar (heimisch) en el siglo XIX se convierte de pronto, gracias al arte más avanzado del siglo XX , exactamente en su opuesto (unheimlich). El maniquí aparece casi siempre como encarnación de una realidad perturbadora y "siniestra" (unheimlich). Si Freud consideraba que "las figuras de cera, las muñecas artificiales y los autómatas" son los objetos más siniestros, después de De Chirico y el surrealismo el autómata del siglo XIX será reemplazado por el maniquí configurado por el arte del siglo XX. En él se experimenta algo de "cadáver vivo", según Aragón, y se condensa el "atractivo sexual de lo inorgánico" que muchos surrealistas cultivaron. Como el payaso y el títere, la muñeca y la máquina arbitraria "autoconstruida", el maniquí era, además, el objeto que representaba la cosificación y alienación de una sociedad que el gesto vanguardista intentaba estremecer hasta sus cimientos Según André Breton el maniquí es un cruce entre lo humano y lo inhumano, simboliza muerte en la vida, está ligado a lo reprimido y a la más completa cosificación. Criatura extraña, es algo así como un torso moderno, nacido sin cabeza ni extremidades que permanece a la espera de algo que lo complete, aunque sea en parte.
El maniquí también ha sido interpretado como el reverso del dinamismo futurista y ha pasado a ser, según Mauricio Calvesi, "el hombre deshumanizado de la (pintura) metafísica".
De todo esto, las obras de Javier Urani guardan memoria, como también de la desaparición definitiva del gesto vanguardista. Por eso en sus maniquíes resuenan y fermentan imágenes de tiempos heterogéneos y obras distantes; ciertas construcciones de De Chirico y obras de Robert Rauschenberg, como su Monogram de 1955-59, parecieran encontrarse inadvertidamente en un mismo espacio Mientras la obra llamada Menina pop, fiel a sí misma, incorpora irrestrictamente elementos de lo banal cotidiano, el maniquí Sí mamá aparece casi como un muestrario de todo el horror de una dependencia patológica con sus consecuencias traumáticas. Bautismo cotidiano alude, por otro lado, el esfuerzo de iniciar cada día renovando votos que aseguren el sentido amenazado. En todos y cada una de las obras de Javier Urani la inmensa sombra que acompaña la existencia es recibida con todas sus consecuencias sin intentar disfrazarla. Cada obra echa sobre sus espaldas el peso del sufrimiento, de lo ridículo y lo reprimido. Sin embargo, simultáneamente y mediante una fuerza por lo menos tan intensa como la de aquella sombra amenazante, la obra afirma su derecho a la existencia.
En los trabajos aquí presentes ya no se trata de sublimar la melancolía profunda que habita el alma del maniquí, tampoco se trata de mitigar su desasosiego o remediar la infinita soledad que lo acompaña. El maniquí, alguna vez representación del "desamparo trascendental del hombre moderno, se transfigura en las obras de Javier Urani en lugar de crisis, rupturas y conmociones que vertiginosamente se agolpan en su endeble pero a la vez indomeñado cuerpo. La caducidad de todo lo que es y la exigencia absoluta de sentido se entrelazan estéticamente y recomienzan en cada momento su eterna danza, haciendo de cada obra ese espacio de tensiones irresueltas que decide sobre el despliegue de su propia vida.
*Bs. As., diciembre 2008 .