Notas Artistas

Crítica
por Osvaldo Mastromauro

Marí­a Cristina Lattes. En sus expresivas tallas, la madera ostenta su veta, tornando tangible la escultura, a un tiempo que trasluce lo que calladamente esconde: ella detenta el hieratismo de lo sagrado a través de posturas de elevación o recogimiento, vuelta la figura a su interior. Lattes pule los rostros, y a veces -pocas- deja que los cuerpos ganen en tosquedad, conectando así­ la materia con su origen.
El cincel, la gubia y la amoladora trabajan picando, en surcos, ora fracturando, otra vez en escorzo, exhibiendo sin tapujos ese noble material, al cual no somete, sino acompaña en su despliegue. Porque el artista efectúa el doble trabajo de plegarse al tronco o la plancha de madera, al tiempo que lucha por sacar de ella la forma predestinada: es como escuchar su callada palabra y hacerla resonar en figura.
Lattes trabaja sus mujeres en formato de frisos, otras en posición de orantes: el desbaste conduce a la veta, y ésta repliega replica sobre el objeto - imagen, respetando sus maravillosos caprichos que a veces se constituyen en figura, unas veces desnudas, otras en veste, conformando así­ una unidad de sentido, guiada por la búsqueda de estilo.
La escultura constituye una de las tantas, o quizás la segunda posibilidad más fuerte de la madera, una vez cumplido su ciclo vital. Ahora bien, instalada ella en un ámbito como el Jardí­n Botánico, la tristeza que acompaña al árbol seco o derribado se troca en alegrí­a cuando ese tronco es aligerado, vuelto imagen, luciendo armonioso en ese lugar por aquella que lo vuelve a la vida, enriquecido.