Notas Artistas

Nocturno
por Julio Sánchez

GALERÍA LORETO ARENAS / AGO 2005.

Mirar estas pinturas es una experiencia paralela al hombre urbano que se aventura en la selva. Al comienzo todo es una Babel de formas y colores que se funden y confunden: el verde de las hojas, el blanco de las nubes, el brillo de los haces del sol. Poco a poco la mirada se acostumbra a este nuevo caos y comienza a organizar el caos aparente. Frente a las obras de Jorge Canale el espectador puede quedar intimidado por el impacto de lo nuevo, pero la situación es un desafío para trascender los propios límites de la percepción.
El conjunto de obras está orquestado bajo el nombre de “Nocturno”. No deja de tener evocaciones románticas y musicales, misteriosas y abismales. Así como en la penumbra el ojo debe acostumbrarse para poder diferenciar las sutilezas de la noche: el vuelo de un ave, el paso de una nube, la caída de una estrella, algunos títulos de sus cuadros pueden ser faros para transitar por esta senda oscura; la imaginación del espectador, también.
Como en una sinfonía, algunas de estas obras se “ejecutan”, son en acto, junto a sus pares: maderas con maderas, metales con metales; Jorge pinta cuadros similares en la forma, distintos en la vibración. Tal es el caso de dos pinturas de cierta composición triangular; una de ellas evoca un cráter en plena erupción (con dominante de rojo y anaranjado); la otra, un choque de olas en medio de alta mar (con preponderancia del azul y el negro). Ambas obras generan un diálogo violento entre tres elementos, pues agua y fuego irrumpen en medio del aire. En otra obra, se puede percibir -entre chorreaduras y salpicaduras- una especie de terraplén que se agrieta; es como una divinidad de la Tierra (Gea, Pachamama) que abre su vientre para ofrendar una nueva forma de vida. Lejos de ser un drama cósmico, la escena parece iluminarse con estrellas lejanísimas, luciérnagas, hadas diminutas, o simples destellos de un ser indescifrado.
El agua también está presente en una tríada de obras: una de ellas recuerda la visión silenciosa de un buceador que otea la superficie desde lo bajo, en otra se perfila la forma de un pez, y en una tercera el agua se recuesta sobre algo semejante a la orilla de un sauzal. Nada de esto es realista ni evidente; sólo un ojo acostumbrado a la oscuridad del color abundante manejado por Jorge puede percibirlo. En esta tríada aparece el cuarto elemento, la tierra, pero también formas de vida como la vegetal (el árbol) y la animal (el pez).
Aunque lo parezca, la obra de Jorge no es el relato de una cosmogénesis, de la creación del universo; en cambio sí contiene un repertorio de símbolos tan arcaicos como el hombre mismo (que ya estaban presentes en su serie de Escaleras (2003) y Espirales (2004). Para esta exposición rescata tres escaleras (insistimos en que la descripción no es realista, más bien puramente pictórica); en ellas el dominante negro o blanco -según el caso- nos habla de un elemento que permite el descenso a las profundidades de la oscuridad, o el ascenso a un lugar más luminoso, como recordándole al espectador la potestad de elegir su propio rumbo (la espiral también propone dos caminos; uno a la reflexión, otro a la acción). También está presente un símbolo antiquísimo, la cruz. Si bien es un mandala de totalidad (pues la vertical es solar, masculina y activa como la lluvia que se vierte sobre la horizontal de la tierra, receptiva, lunar, femenina) la ubicación de una cruz central acompañada de otras dos más pequeñas remiten al paisaje bíblico del Gólgota, sin dramatismo ni congoja.
Siguiendo el recorrido creativo de Jorge, nos encontramos con la más gentil de sus obras: una gran tela donde se insinúa un gato cachorro observando las invisibles circunstancias de la noche. El gato (venerado por los egipcios como eslabón entre este mundo y otra dimensión) parece ver en la oscuridad lo que al hombre le es vedado. Quizá el espectador de la obra de Jorge deba ser como un gato: sólo el ojo atento y meticuloso le permite descubrir un universo oculto en las manchas de color. Donde el hombre de ciudad ve solo pastizal, el campesino ve hormigueros, nidos, reptiles y huellas. Quizá el ejercicio de observar las obras de Jorge Canale nos interrogue sobre nuestra propia percepción del universo: ¿podemos ver sólo un conglomerado de fenómenos, o aquella armonía de formas que subyace y lo sostiene?