24 mayo 2018

Nota publicada online

miércoles 9 de mayo, 2018
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Edgardo Giménez
Un artista que sigue dejado sus huellas pop en el arte argentino.
por Por Pilar Altilio

Innovador, incansable y con alma de niño, que se recorta la realidad y se da el lujo de vivir como un niño grande, Edgardo Giménez, debe de ser el único creativo sin título de arquitecto cuyo proyecto para la casa de Jorge Romero Brest integró la muestra del MOMA Transformations in Modem Architecture.

Como artista tanto como persona, Edgardo Giménez promueve un concepto que liga el binomio arte/vida a la alegría, la vitalidad y una marcada tendencia hacia lo positivo. Incluso en cualquier encuentro con el artista, se aprecia el rasgo personal de estar siempre esbozando una sonrisa. Su pasión por lo que hace, unido al deseo de producir con una calidad muy cuidada, le permitió incursionar en el diseño gráfico, proyectar casas como arquitecto y desarrollar una carrera extensa como artista visual, destacándose siempre por su originalidad siendo autodidacta. A fines de 2016 publicó Carne Valiente, una desopilante autobiografía de la que se jactaba en aclarar antes de su edición que “será el primer libro antidepresivo que salga en el mundo del arte porque cualquiera que sea la página que abras, te salva el día”. En esta muestra del MAT, hay esa misma esencia con un desarrollo en el uso de los espacios de la gran sala de la planta baja, donde su obra se luce de manera casi escenográfica y está dedicada, como indica el título, a su admiración por Walt Disney.

“Disney fue el gran detonante en mi vida, el que más me movió para hacer y para dibujar. A los 5 años ya dibujaba todos los personajes y estaba fascinado con ese mundo. La primera vez que fui al cine, dieron Blancanieves y los 7 enanitos, esa experiencia me dejó marcado”, contaba en un reportaje reciente. Una de las obras instaladas de grandes dimensiones, es justamenteTarzán(2010) donde sobre una base verde césped se instala erguido el personaje de 2.50 metros de alto que sostiene en su cabeza a la infaltable Chita, que juega al equilibrio ayudada por su cola. Las monas y los monos han sido un tema recurrente de su producción, haciendo que se reproduzcan en situaciones muy peculiares, como bailarinas, como elMono albinoque integra la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, tanto como la mona que sonríe al ingreso a esta muestra Retratos de la mona (2017), que parece jugar con la pose tradicional de perfil mientras su ojo va directo al espectador. La razón por la que ama representarlos está en la misma línea de su práctica diaria: “los monos son alegría, roban risas”.

También se aprecian en todo su esplendor grandes pinturas de distintas épocas. Políptico muy elaborado como Las escaleras doradas(1997) de 4 x 5 metros donde, el juego de suspicacias entre los planos, le otorga un dinamismo extraordinario a la composición, remedando un poco los planos imposibles que representara el gran maestro Escher en sus grabados. En otro, Sinfonía venusina(1993) un movimiento más potente remarcado por los cambios de color y un patrón bien gráfico, hace vibrar y destacar mediante la incorporación de pequeños puntos, botones y planos curvos que se evidencian sobre todo en los planos dorados.

Destacan también por su belleza, los muebles, una delicia entre diseño y utilidad, que juega con la presencia de una obra interesante que oculta como en Mueble plata y amarillo (1993-94) o evidencia los cajones que sirven para almacenamiento como en El Gato secretaire(2016) en sus dos versiones, blanco y negro. El uso de la madera laqueada sintetiza un poco esa cualidad de hacer “un arte para todos los sentidos, que modifique la experiencia visual” como sostiene la curadora y directora del museo María José Herrera en su texto. Aquí también se puede ver el último proyecto de este tipo, Mueble celestial (2018) una gran pieza modelada a partir de cilindros coronados por un cono, que aún no tiene las puertas hechas y como su nombre lo indica, está laqueado en un celeste cielo.

Vigente desde la década del 60’ cuando hizo su primera exposición individual, ha dejado huellas en el arte argentino asociado plenamente al pop de esa misma década, haciendo alianzas con otros artistas como Charlie Squirru y Dalila Puzzovio, cuando rentaron un espacio público en la esquina de Viamonte y Florida para poner un gran cartel donde muy divertidos y sonrientes dejaban una pregunta al pasar: ¿Por qué son tan geniales? O asociado a otro gran mentor de su carrera como Romero Brest, cuando proyecta la casa del recordado teórico argentino en City Bell, la famosa Casa Azul (1972-73) de la que aquí se recrea un arco que es un portal de ingreso, con las columnas de cielo con nubes y en el medio punto un azul intenso de cielo estrellado. Recordemos que ese plan lo llevó a integrar la muestra Transformations in Modern Architectureque se realizó en el MOMA de NY en 1979, donde nuestro Giménez sin haber estudiado de arquitecto brilló entre los mejores como uno más. Su propio refugio desde hace algunos años en Punta Indio, es otra asombrosa manifestación de su gran capacidad creativa.

Hace poco tiempo, en el Museo de Arte Contemporáneo de Mar del Plata, MAR, en ocasión de su gran apertura, Giménez instaló una gran Moria en el acceso de 11 metros de alto, mientras se reproducía una escenografía del film de Héctor Olivera Los neuróticos de 1968, que podía transitarse e invitaba a jugar, algo que sigue siendo un plan dentro de su trabajo. Como le ha confiado a la curadora Herrera, en su lápida pide que se lea la siguiente frase: “Aquí yace un artista que nunca aburrió a nadie”.