Nota publicada online

miércoles 14 de mayo, 2014
Alejandro Bonzo
INTERLUDIO DE VERANO
por Ana Martínez Quijano
Alejandro Bonzo

La mariposa no dudaba:                             

volaba. 

Octavio Paz

A medida que avanzaba el verano las pinturas de Alejandro Bonzo se asemejaban más a sus sueños. Durante las oscilaciones entre la vigilia y el sueño, el universo de imágenes que puebla la memoria de un pintor, cobró mayor visibilidad.

Desde el inconsciente estético aparecieron las obras del pasado y el presente, con sus formas y colores nítidos y pregnantes. Luego, con parsimonia, el artista comenzó a trasladar ratazos de ese mundo a sus propios cuadros. Y cada sueño arrastraba una imagen.

Cuentan que el filósofo taoísta Chuang Tzu se quedó dormido y, al despertar, se preguntó: ¿Soy Chuang Tzu que ha soñado que era una mariposa o soy una mariposa que sueña que es Chuang Tzu?  Al igual que la mariposa de Octavio Paz, nuestro artista no dudó: pintó[1]

Las pinturas estivales ostentan hoy la magia de un espejismo. Su genealogía, aunque reconocible, es difusa.

Las superficies cortantes de las rocas de una cantera brillan como diamantes. Hay un árbol allí en una soledad perfecta que bien puede asociarse a los paisajes románticos de Caspar Friederich. La condición “mental” de las obras de Fortunato Lacámera, la luz dorada que ingresa por la ventana dibujando la humildad de una maceta sobre la mesa, aparece subvertida por la geometría de un cactus. La precisión de los rombos se puede rastrear en una obra de Bonzo del año 2000 asimilada al clima de las nuevas visiones. Detrás del cactus se divisa uno de los paisajes pedregosos que Pablo Suárez pintó en San Luis, cuando supuestamente había abandonado el arte. Bonzo evoca al maestro por partida doble: en esa misma pintura, la maceta refleja la confesa admiración de Suárez por Lacámera. Admiración que es mutua por otra parte. Mientras se entrecruzan las imágenes también se entrelaza el sentido, y  los cuadros transmiten cierta nostalgia, proveniente de este ir y venir del pasado.

Las formas antropomórficas de unas rocas ponen el acento en la ausencia del hombre. Hay sin embargo una figura de metal rojo que se levanta sobre una mesa y adopta una pose tan inesperada como escultórica. El ambiguo personaje revela su inocultable arraigo en el arte Madí.

Las filiaciones de las pinturas vuelven cercanas las obras, pero la modalidad del planteo provoca extrañamiento. ¿Será cierto, como dice T.S. Eliot, que la aparición de una obra de arte afecta a cuantas obras de arte las precedieron? Eliot afirma que, “el pasado es modificado por el presente, y el presente es dirigido por el pasado”[2].

El aletargado verano alentó la imaginación. Los colores surgieron con matices artificiales y las pinturas de nuestro artista, si bien poseen un estilo personal y diferenciado, están ligadas íntimamente a las de sus antecesores. Los sueños de Bonzo podrían estar encadenados a los de Suárez que acaso soñó con Lacámera. ¿Existe la posibilidad de reiteración infinita de los soñadores?

Lo cierto es que la experiencia en el tiempo circular del arte, ese soñar sabiendo que se sueña, puede deparar el encuentro con lo inesperado que se trasunta en las pinturas de Bonzo.

La muestra puede visitarse hasta el 30 de mayo en 

Dacil Art Gallery 

Pasaje Soria 5125, Palermo

[1] “El águila y el viento. Homenaje a Octavio Paz”, editorial Panininfo, Murcia., 1990,  página 108.

 

[2]Citado en Jorge Luis Borges, “Textos recobrados. 1931-1955”, Sudamericana, 2011, Buenos Aires, página 44.   

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