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Las plácidas y exuberantes vistas de los trópicos que pinta Ismael Abreu continúan una larga y venerable tradición de paisajismo en el arte de Cuba, que comenzó a fines del siglo XIX y se ha prolongado hasta el presente dentro y fuera de la isla. En un principio descripción romántica de la belleza de la naturaleza, y luego sutil afirmación de la identidad nacional, el paisajismo en Cuba puede inclusive ser considerado como una pasión dentro del rico legado cultural del país, y los artistas se han dedicado desde hace ya largo tiempo a producir las más bellas, más detalladas representaciones de su flora y fauna, lagos y montañas, mar y costas. Los paisajes que pinta Ismael Abreu son visiones de solaz y soledad, que invitan al espectador a experimentar la tranquilidad de un tiempo que pasó, al mismo tiempo que rinden tributo a la diversidad ecológica de Cuba y a su legado artístico.
Que el aislamiento de una tierra verde no tocada por la destrucción humana sea atractivo y exótico es una noción romántica. Lo transporta a uno a un nivel de experiencia espiritual al que no es posible acceder con el desorden de la civilización perturbando y destruyendo el proceso de la naturaleza. Aquí no hay caminos, ni jardines cuidados, ni desechos ensuciando las prístinas aguas. Ni siquiera hay un pájaro o un animal que interrumpa la soledad. Las serenas vistas de Abreu son reconfortantes recordatorios de la paz del mundo natural. Cada pintura, soberbiamente ejecutada, está compuesta de forma de invitar al observador a adentrarse en su serenidad y viajar hasta lo más profundo de su exuberancia para sentir la tranquilidad del entorno y tocar cada hoja y cada brizna de hierba. Una cualidad táctil, poética, domina cada obra, al mismo tiempo que le añade un aura de misterio. El lugar es imaginario, pero es tan convincente en la exactitud de cada detalle que sentimos la necesidad de averiguar la forma de encontrarlo y adentrarnos en lo desconocido en beneficio propio, para perdernos en las profundidades de los bosques y ocultarnos en la maraña de las vides. Todo el tiempo, la niebla se eleva de las tranquilas aguas para saludar al día, y los visitantes esperan. A lo largo de los años, el paisajismo ha conquistado un lugar en el afecto y en los corazones de los amantes del arte, y las escenas de Abreu son especialmente atractivas debido a sus cielos luminosos, sus árboles llenos de gracia y los reflejos en las apacibles aguas. Hay un tranquilo drama que tiene lugar en la niebla del amanecer, con nubes que se mueven raudas en la brisa por encima de ella. El paisaje natural puede ser una fantasía, pero Ismael Abreu lo ha elevado al más alto nivel de contemplación, rebosante de una cualidad divina.
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